No vine con un plan demasiado definido ni imaginaba que acabaría haciendo de este lugar mi hogar. Pero poco a poco fui conociendo personas, entrando en sus casas, compartiendo comidas, escuchando historias y aprendiendo de formas de vida muy diferentes a la que yo había conocido.
Y cuanto más tiempo pasaba aquí, más me daba cuenta de algo que empezó a cambiar mi manera de entender los viajes.
La forma en la que muchas veces viajamos puede ser sorprendentemente superficial.
Visitamos lugares preciosos, hacemos fotografías, conocemos algunos de sus lugares más conocidos y seguimos adelante. Y, sin embargo, podemos haber estado allí sin haber conocido realmente a las personas que consideran ese lugar su hogar.
Para mí, empezó a existir una diferencia enorme entre ver un lugar y conocerlo.
Porque un territorio no es solamente un paisaje. También está en las personas que viven en él, en lo que saben, en sus historias, en sus costumbres y en la manera en la que entienden aquello que les rodea.
Y eso es algo que he ido comprendiendo a través de mis propias relaciones en Perú.
Cuando conoces a alguien y tienes tiempo para escucharle, cuando compartes una comida sin mirar el reloj, cuando alguien te enseña algo que ha aprendido de su familia o cuando simplemente tienes una conversación que no esperabas tener, el lugar empieza a cambiar.
Deja de ser únicamente un destino.
Se convierte en una experiencia compartida.
Siempre he creído que viajar es una de las formas más bonitas de comprender tanto el mundo como a nosotros mismos.
Dejé mi país cuando tenía veinte años y, desde entonces, viajar y conocer otras formas de vivir se convirtió en una parte muy importante de mi vida. Durante muchos años viví entre lugares diferentes, conocí personas de culturas muy distintas y fui descubriendo poco a poco que aquello que buscaba no estaba necesariamente en llegar a un lugar concreto. Estaba en todo lo que ocurría mientras estaba allí.
Siempre he sido una persona muy curiosa. Me interesa entender cómo viven los demás, qué les mueve, qué saben, qué historias llevan consigo y por qué cada persona puede mirar exactamente la misma realidad de una manera completamente diferente. Creo que esa curiosidad ha sido una de las cosas que más ha marcado mi camino.
Durante ese recorrido también llegué a India, donde estudié Ayurveda. Aquella experiencia abrió otra parte de mi forma de entender la vida. Aprendí a observar con más atención, a escuchar y a entender el bienestar desde una perspectiva más amplia. Pero también descubrí que aprender no significa tener respuestas para todo. Muchas veces significa simplemente mantener la curiosidad y estar dispuesto a mirar las cosas de otra manera.
Con el tiempo entendí que eso era precisamente lo que más me atraía de viajar.
No solamente descubrir lugares nuevos, sino descubrir que existen muchas maneras diferentes de entender la vida.
Y entonces llegué a Perú.
Creo que ahí está una de las cosas que más me importan de lo que hago hoy.
No quiero limitarme a organizar viajes para que otras personas conozcan Perú. Quiero crear experiencias en las que exista espacio para ese tipo de encuentro. Para acercarnos a otras personas desde la curiosidad y el respeto, pero también para recordar que nosotros mismos tenemos algo que aportar.
Porque el intercambio no debería ser solamente de un lado.
Cada persona llega con una historia, unos conocimientos y una manera propia de entender el mundo.
Y cuando esas miradas se encuentran, puede aparecer algo que no estaba antes.
De esa manera de entender los viajes, pero también de entender las relaciones humanas, nació Sumaq Ñawi.
Sumaq Ñawi significa “mirada hermosa”. Para mí, el nombre representa precisamente esa intención:
aprender a mirar un poco más allá de lo que ya conocemos y permitirnos descubrir otras perspectivas.
No sé exactamente todo lo que llegará a ser Sumaq Ñawi, y creo que esa es también una de las partes bonitas del proyecto. Sé que quiero seguir construyéndolo desde las relaciones que voy creando, desde la curiosidad y desde las oportunidades que aparecen cuando diferentes personas se encuentran.
Porque cuando miro hacia atrás, me doy cuenta de que muchas de las cosas más importantes de mi vida no ocurrieron cuando llegué a un lugar.
Ocurrieron cuando conocí a alguien.
Y quizá por eso sigo creyendo que viajar puede ser una de las formas más bonitas de comprender el mundo.
Pero también de comprendernos a nosotros mismos.
Porque, al final, no creo que sean los lugares lo que permanece con nosotros.
Son las personas.